Este viaje a Nueva York en otoño fue nuestra segunda visita a la ciudad, esta vez en pleno noviembre. Si en nuestra primera visita nos quedó la espinita de todo lo que no pudimos ver, esta vuelta a La Gran Manzana nos permitió disfrutarla con las calles ya vestidas de otoño, con los árboles de Central Park en tonos naranjas y rojos, y con la ciudad empezando a decorarse para la Navidad muchísimo antes de lo que esperábamos.
Hicimos este viaje a Nueva York en noviembre de 2021.
Vídeo completo de nuestro viaje a Nueva York en otoño
Antes de comenzar con nuestro itinerario, hemos creado una serie de respuestas a las típicas preguntas que os estaréis planteando para organizar vuestro viaje a Nueva York en otoño:
¿Necesito visado para Estados Unidos desde España?
Sí, aunque lo que realmente hace falta es la autorización ESTA, que se tramita en la página oficial de la ESTA, y es lo primero que hay que gestionar antes de viajar a EEUU, ya que sin ella no se puede acceder al país. En nuestro post sobre nuestro primer viaje ya explicamos cómo solicitar la ESTA para EEUU paso a paso.
¿Contrato un seguro de viaje para Nueva York?
Nosotros siempre recomendamos viajar fuera de España con un seguro de viaje con buena cobertura. En EEUU la sanidad no es pública como en España, y un ingreso hospitalario sin seguro puede salir muy caro. Para nuestro viaje a Nueva York en otoño lo contratamos antes de salir de casa.
¿Qué ropa llevo a Nueva York en noviembre?
Un viaje a Nueva York en otoño tiene su propia lógica de maleta: por el día el sol calienta bastante y se puede ir con un jersey y una chaqueta de entretiempo, pero en cuanto cae la tarde el frío aprieta de verdad, así que un buen abrigo es imprescindible. Los paseos por la ciudad son largos, así que un calzado cómodo pesa más en la maleta que cualquier otra cosa.
¿Dónde alojarse en Nueva York?
Nos alojamos en el hotel ROW NYC, en pleno Times Square, lo que nos permitió llegar caminando a la mayoría de los sitios que queríamos visitar. Tener Times Square a un paso del hotel fue un acierto: la primera noche, con las maletas recién dejadas en la habitación, ya estábamos paseando entre sus pantallas gigantes. El alojamiento en plena gran manzana es caro, pero en un viaje a Nueva York en otoño, con las tardes tan cortas, merece la pena ahorrar tiempo en traslados.
¿Cómo me muevo por Nueva York?
El metro de Nueva York es la forma más rápida de moverse entre distritos, aunque muchos de los sitios que visitamos en Manhattan se pueden hacer perfectamente caminando. Nosotros volvimos a comprar la MetroCard, tal y como ya hicimos en nuestro primer viaje, para no tener que preocuparnos de los billetes durante toda la semana. En un viaje a Nueva York en otoño se camina muchísimo, así que el metro acaba siendo el descanso.
¿Dónde comer en Nueva York?
Entre restaurantes y puestos de la calle, no nos privamos de nada en nuestro viaje a Nueva York en otoño:
- Hamburguesas jugosas como las de Jackson Hole.
- Porciones de pizza gigantes en Pizza Suprema, cerca de Penn Station, y hot dogs.
- Un delicioso bagel en Bagels&Schmear.
- Una torre de tortitas dulces, con sirope o chocolate, o saladas con bacon, para desayunar en el Westway Diner.
- Un buen trozo de tarta de queso en Junior’s, acompañado de un batido enorme.
- Y nuestras magdalenas favoritas en Magnolia bakery.
- Una cena con vistas a las pantallas de Times Square en Bubba Gump Shrimp Co.
Nuestro itinerario de viaje a Nueva York en otoño
Día 1: Llegada y primera noche en Times Square
Así empezó nuestro viaje a Nueva York en otoño: después de un vuelo largo desde España, aterrizamos en la ciudad el 8 de noviembre de 2021, justo el mismo día en el que EEUU reabría sus fronteras a los viajeros internacionales. Nada más recoger las maletas nos recibió la estampa neoyorquina de siempre: filas de taxis amarillos con el rótulo de “Airport Taxi” en la puerta y la bandera de Estados Unidos ondeando a la entrada del aeropuerto.
Nos alojamos en el hotel ROW NYC, a un paso de Times Square, así que en cuanto dejamos las maletas salimos a la calle sin perder ni un minuto. Volver a ver Times Square de noche sigue siendo una experiencia que no se olvida: las pantallas gigantes, los anuncios de estrenos de cine y los rótulos de las tiendas iluminando la plaza entera. Incluso nos hicimos una foto junto a un coche patrulla de la NYPD, aparcado como si formara parte del decorado.
Día 2: Times Square al amanecer, Madison Square Park y el Puente de Brooklyn
El jet lag nos despertó de madrugada, así que lo aprovechamos: a las ocho de la mañana Times Square estaba prácticamente vacío, con las pantallas encendidas y casi nadie por delante de ellas. Es el mismo sitio que doce horas después no te deja ni caminar, y verlo así, con un taxi cruzando de vez en cuando, merece madrugar.

Desayunamos a la manera de allí, con un bagel comprado por el camino y un café enorme, sentados en un banco de Madison Square Park. Es un parque pequeño pero perfecto para empezar el día: las ardillas se acercan sin miedo a buscar restos entre las hojas y, por encima de los árboles, asoman la torre del reloj de la Met Life y el edificio triangular del Flatiron.




Desde allí subimos caminando hacia Midtown, y esa es una de las cosas que más nos gustan de Nueva York: vas por una calle cualquiera, levantas la cabeza y te encuentras de frente con la aguja Art Decó del Chrysler Building entre dos edificios de oficinas.



Por la tarde nos plantamos en el Puente de Brooklyn y allí nos tiramos un buen rato: el paseo de madera por encima del tráfico, las vistas del bajo Manhattan entre los cables y las fotos de rigor sentados en la barandilla, con el One World Trade Center al fondo.



Al bajar del puente llegamos a DUMBO, el barrio de Brooklyn desde el que se hace la foto más repetida de la ciudad: el Puente de Manhattan enmarcado entre dos filas de edificios de ladrillo, con el Empire State asomando justo en el hueco.


Rematamos el día en Brooklyn Bridge Park, sentados en las piedras de la orilla viendo cómo se ponía el sol detrás de los rascacielos. El cielo pasó del naranja al azul oscuro en menos de media hora y, cuando se encendieron las luces de Manhattan al otro lado del East River, entendimos por qué todo el mundo se queda ahí hasta que se hace de noche.



Día 3: Central Park en pleno otoño, Top of the Rock y el mercadillo de Bryant Park
Este fue, sin duda, el día del otoño. Subimos a primera hora hasta Central Park y lo primero que hicimos fue plantarnos delante de uno de esos mapas gigantes de la entrada para hacernos una idea de por dónde empezar, porque el parque es enorme y se tarda horas en cruzarlo de punta a punta.


Los árboles estaban en su máximo esplendor de rojos, naranjas y amarillos, y no pudimos resistirnos a pararnos debajo de casi todos. Por el camino nos cruzamos con las ardillas, que allí campan a sus anchas y se acercan a los pies de la gente, y con el obelisco egipcio conocido como la Aguja de Cleopatra, que lleva en el parque desde 1881.




Seguimos por la Great Lawn, la gran explanada de césped del centro del parque, y bajamos hasta el lago, donde el agua reflejaba los árboles de colores y las torres de los edificios del Upper West Side. Nos sentamos un buen rato en las rocas de la orilla, que es de esas cosas que en Nueva York salen gratis y se recuerdan igual que un mirador de pago.



Cruzamos el Bow Bridge, el puente de hierro más fotografiado del parque, esquivando ocas canadienses por el camino, y llegamos hasta Strawberry Fields, el rincón dedicado a John Lennon con el mosaico circular de la palabra Imagine en el suelo, casi siempre con flores encima y gente alrededor guardando silencio.





La parte sur del parque es la que mejor resume la ciudad: el césped y los árboles en primer plano y, justo detrás, la pared de rascacielos de Midtown. Terminamos el paseo en el Gapstow Bridge, con el estanque reflejando los edificios del skyline, una de esas postales que parecen montadas y que sin embargo están ahí, al final de un paseo.




Para comer nos metimos en el Jackson Hole, un diner de los de toda la vida con las calabazas de Halloween todavía en la entrada, donde pedimos dos hamburguesas de las que hay que sujetar con las dos manos. La cuenta, eso sí, con su propina aparte y el aviso de que el pago en efectivo sale más barato que con tarjeta: cosas de Nueva York.



Bajamos por la Quinta Avenida hasta el Rockefeller Center, pasando por delante del Radio City Music Hall y su marquesina roja, y allí cogimos el ascensor hasta el mirador del Top of the Rock. Lo elegimos precisamente porque desde él se ve lo que no se ve desde el Empire State: el propio Empire State en el centro de la foto.




Subimos con luz de día y nos quedamos hasta bastante después de la puesta de sol, que es lo que recomendamos a todo el mundo: en media hora ves la ciudad dorada, luego naranja, después azul y al final completamente encendida.



Cuando cae la hora azul es cuando el mirador se pone realmente bonito: Central Park se convierte en una mancha oscura al norte, el Empire State se enciende en mitad de la cuadrícula y los rascacielos finísimos de Billionaires’ Row se recortan contra el último naranja del cielo.



Al bajar nos asomamos a la pista de hielo del Rockefeller Center, ya llena de gente patinando bajo las luces, y dimos una vuelta por el mercadillo navideño de Bryant Park, con sus casetas de madera, las bolas gigantes de luces colgando de los árboles y una galleta recién hecha con chocolate caliente para aguantar el frío. A mediados de noviembre la ciudad ya está completamente vestida de Navidad.



Y como el hotel estaba al lado, terminamos otra vez en Times Square, esta vez a reventar de gente, con las pantallas a pleno rendimiento y la escalinata roja llena de gente sentada mirando el espectáculo.




Día 4: El Oculus, el Memorial del 11-S, Wall Street y el Empire State
Empezamos el día con un desayuno americano de manual —tortitas, huevos revueltos y bacon— y bajamos en metro hasta el bajo Manhattan.

La primera parada fue El Oculus, la estación de transporte junto al World Trade Center que Santiago Calatrava diseñó como un esqueleto blanco de costillas curvas. Por dentro parece más una catedral que una estación, con una bandera de Estados Unidos enorme colgada sobre el vestíbulo.

Justo al lado está el One World Trade Center, que desde abajo no hay manera de encuadrar entero, y el Memorial del 11 de Septiembre: los dos estanques cuadrados excavados donde estaban las Torres Gemelas, con el agua cayendo por los bordes de bronce grabados con los nombres de las víctimas. Es un sitio que impone mucho respeto, y se nota en lo callada que va la gente.



Caminando hacia el Distrito Financiero llegamos al Charging Bull, el toro de bronce de Wall Street, donde hay que hacer cola para la foto de rigor, y seguimos hasta Battery Park, desde donde se ve por primera vez la Estatua de la Libertad a lo lejos, pequeñita en mitad de la bahía.


Comimos lo que hay que comer en Nueva York cuando vas con el tiempo justo: dos porciones de pizza gigantes en un local de barrio, servidas en plato de papel y con el borde saliéndose de la bandeja.

De vuelta a Midtown nos pilló por sorpresa el desfile del Día de los Veteranos, que se celebra cada 11 de noviembre por la Quinta Avenida: vehículos militares, banderas por todas partes y gente animando desde las aceras. Justo antes habíamos pasado por delante de Macy’s, con su rótulo rojo de la estrella y las banderas colgando de la fachada.



Por la tarde subimos al Empire State Building. La subida es parte de la visita: la cola pasa por una exposición con teléfonos y objetos de las distintas décadas del edificio y por un King Kong a tamaño real agarrado a la pared, y antes de llegar al ascensor te encuentras el banco con las estatuas de los obreros que lo construyeron.



Arriba, desde la planta 86, se ve Manhattan entero a los pies: la cuadrícula de calles, el bajo Manhattan al sur con el One World y los ventanales del mirador cerrado, donde uno se puede sentar a mirar sin el viento de la terraza. El edificio estaba ya decorado para las fiestas, con calabazas de otoño en una zona y el árbol de Navidad montado en otra.




Cenamos en el Bubba Gump de Times Square, de los restaurantes más turísticos que hay pero con su punto: cócteles de colores, gambas por todas partes en la carta y las pantallas de la plaza entrando por los ventanales.




Rematamos la noche con un paseo por la plaza y un helado comprado en una de esas furgonetas rosas que aparcan en cada esquina. Con el frío que hacía, comerse un helado a esas horas fue una decisión cuestionable y estupenda a la vez.


Día 5: Ferry a Staten Island y las Rockettes en el Radio City
Después de varios días a ritmo intenso, este fue uno de esos días de viaje en los que no corres de una atracción a otra. Desayunamos sin prisa, con las vistas de los tejados de Midtown desde la ventana de la habitación, y dejamos la mañana para pasear y hacer alguna compra.


Por la tarde hicimos uno de los planes que más recomendamos de toda la ciudad, y encima es gratis: coger el ferry de Staten Island. Sale del extremo sur de Manhattan, no cuesta nada y pasa a muy poca distancia de la Estatua de la Libertad. Si lo cogéis a última hora de la tarde, como hicimos nosotros, la veréis recortada contra un cielo naranja con el sol cayendo sobre el agua. Aprovechamos la parada en la isla para pasar por el outlet que hay junto a la terminal y volvimos cargados de bolsas, que con el cambio euro-dólar de aquellos días salía muy a cuenta.


Y por la noche, el plan estrella: el Christmas Spectacular de las Rockettes en el Radio City Music Hall. Habíamos comprado las entradas por internet y merece muchísimo la pena: el teatro es una joya Art Decó con un vestíbulo que ya vale la entrada, y el espectáculo, con las Rockettes bailando en línea y el número de los soldados de madera cayendo en cadena, es uno de esos clásicos que hay que ver al menos una vez si viajáis a Nueva York en estas fechas.





Día 6: Hudson Yards, High Line, Little Island y la hamburguesa escondida
Dedicamos este día al oeste de la isla, que es la parte más nueva de la ciudad y una de las que más nos sorprendió del viaje a Nueva York en otoño. Empezamos en Hudson Yards, delante de The Vessel, la escultura con forma de colmena hecha de escaleras entrelazadas que se ha convertido en uno de los rincones más fotografiados de Nueva York.

Desde allí bajamos por la High Line, el antiguo tren elevado de mercancías reconvertido en un parque lineal que recorre Chelsea por encima de las calles, entre edificios de diseño, jardines silvestres y huecos por los que se cuela el Empire State al fondo. Es un paseo cómodo, llano y con vistas distintas cada cien metros.



La High Line termina cerca de Little Island, un parque flotante sobre el río Hudson montado sobre unas macetas gigantes de hormigón que parecen tulipanes. Desde su césped inclinado se ve el bajo Manhattan y el One World al fondo, y se llega andando desde el mercado de Chelsea Market, donde paramos a picar algo.



Volviendo hacia el centro se pasa por calles de Chelsea con iglesias de ladrillo rojo entre edificios bajos, y de ahí al metro, que sigue siendo la forma más rápida y barata de cruzar Manhattan de punta a punta.




Para merendar fuimos a un sitio que nos hacía mucha ilusión: el Burger Joint, la hamburguesería escondida detrás de una cortina en el vestíbulo de un hotel de lujo de la calle 56. Por fuera no hay nada que la anuncie salvo un pequeño cartel de neón con una hamburguesa; por dentro es un local diminuto, de mesas de madera y bandejas de papel, en el que las hamburguesas se piden en una ventanilla y se comen donde se pueda.


Lo mejor son las paredes: están forradas de arriba abajo de firmas, dibujos y notas de la gente que ha pasado por allí, capa sobre capa. Nosotros dejamos la nuestra, con el nombre del blog, pegada entre las demás.


Ya de noche volvimos andando por Midtown, con la Catedral de San Patricio iluminada entre los rascacielos de la Quinta Avenida y el Radio City con su árbol de Navidad montado en la acera. Nueva York de noche en noviembre, con el frío apretando y las luces encendidas, es justo la imagen que uno se lleva a casa.



Día 7: Último desayuno y despedida
El último día de nuestro viaje a Nueva York en otoño lo dedicamos a lo que mejor se nos da: desayunar sin prisa. Fuimos al Junior’s de Times Square, famoso por su tarta de queso, y pedimos lo que había que pedir: una porción con cobertura de fresa, un capuchino con una montaña de nata por encima y, para compensar, una tostada de aguacate con huevo escalfado.



Después, un último paseo por la ciudad, las compras de última hora y la vuelta al hotel a hacer las maletas con esa sensación agridulce de que el viaje se acaba justo cuando ya te sabes el camino a casa desde el metro.
Día 8: Vuelta a España
Nos despedimos de Nueva York con el mismo vuelo largo con el que habíamos llegado, viendo amanecer desde la ventanilla del avión mientras la ciudad quedaba cada vez más lejos.
Mapa de nuestra ruta
Aquí tenéis las paradas del viaje sobre el mapa, con un color para cada día. Las ubicaciones salen del GPS de nuestras propias fotos. Pulsad en el mapa para abrirlo y tocad cualquier punto para ver qué hicimos allí.
Ver el mapa interactivoAl pulsar se carga el mapa de Google Maps.
Conclusión
Este viaje a Nueva York en otoño fue una experiencia completamente distinta a nuestra primera visita: los colores de Central Park, el frío que se nota de verdad al caer la tarde y encontrarnos la ciudad ya vestida de Navidad a mediados de noviembre le dieron un aire totalmente diferente a la misma ciudad que ya conocíamos. Seguimos teniendo pendientes Brooklyn, Queens y una excursión a Washington DC, así que no será la última vez que volvamos a La Gran Manzana.
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