En esta ocasión nos adentramos en la costa oeste de Estados Unidos, un tesoro de diversidad y contrastes. En este emocionante viaje, fuimos testigos de la increíble riqueza que esta parte del país tiene para ofrecer: desde icónicas carreteras históricas hasta escenarios naturales de ensueño, cada rincón nos cautivó con su singularidad y belleza. Acompáñanos en esta travesía mientras exploramos la Ruta 66, nos maravillamos ante la majestuosidad del Gran Cañón, y nos sumergimos en los destinos emblemáticos y las experiencias inolvidables que conforman nuestro viaje por la costa oeste de Estados Unidos.
Vídeo de nuestro viaje por la Costa Oeste de Estados Unidos (Resumen)
¿Necesito visado para Estados Unidos desde España?
Sí, aunque lo que realmente se necesita es una autorización llamada ESTA y es lo primero que hay que realizar antes de viajar a EEUU, ya que sin esa autorización no podréis acceder al país.
Para preparar este viaje por la costa oeste de Estados Unidos, hemos realizado una guía completa de como solicitar la autorización de viaje ESTA y pagarla online:
Cómo solicitar la ESTA para EEUU
¿Contrato un seguro de viaje para la costa oeste de Estados Unidos?
Nosotros siempre recomendamos viajar con seguro de viaje con una buena cobertura. En EEUU la sanidad no es pública como en España. Si sufres un accidente y tienes que ir al hospital, el ingreso te saldrá muy caro si no cuentas con un seguro que cubra esas necesidades.
¿Necesito saber inglés para la costa oeste de Estados Unidos?
Sí, a no ser que vayas con un viaje organizado, necesitarás saber algo de inglés para poder comunicarte a la hora de comer, comprar y desplazarte. Es cierto que Nueva York es una ciudad muy cosmopolita y hay muchos latinos por allí, pero nosotros recomendamos un nivel mínimo que te pueda salvar de algún apuro.
¿Llevo dólares desde España para la costa oeste de Estados Unidos o cambio euros allí?
Lo mejor siempre es llevarse efectivo en dólares desde España, hay diferentes páginas web que os dan este servicio. Dependiendo de los días que se vaya a estar, hay que calcular cuánto dinero en efectivo hará falta. Por otra parte siempre podréis pagar con tarjetas de viaje como la N26 o cambiar más dinero en el transcurso del viaje.
Nosotros las veces que hemos ido a Estados Unidos hemos llevado la mitad del presupuesto en dólares ya cambiados desde España y la otra mitad del dinero la dejamos en la tarjeta.
Nuestro itinerario de viaje por la Costa Oeste de Estados Unidos
Llegada a Los Ángeles y salida hacia la Ruta 66
Todo empezó con un vuelo largo desde Madrid y con la mitad del presupuesto ya cambiado a dólares en España. Después de casi doce horas mirando por la ventanilla, el avión empezó a bajar sobre la cuadrícula infinita de Los Ángeles: kilómetros y kilómetros de casas bajas, piscinas y autopistas hasta donde alcanzaba la vista.

Nada más aterrizar recogimos el coche de alquiler, un Chevrolet Equinox blanco con matrícula de California que acabaría siendo nuestra casa durante dos semanas. Aquí el coche no es una opción, es la única forma real de hacer este viaje: las distancias entre parada y parada se miden en horas, no en kilómetros.


Esa primera noche dormimos en un motel de carretera de los de toda la vida, con las habitaciones dando directamente al aparcamiento y el cartel de neón encendido sobre la puerta. Al día siguiente tocaba madrugar: nos esperaba la Ruta 66.

Recorriendo la Ruta 66: De Barstow a Kingman
Nuestro emocionante viaje por la costa oeste de Estados Unidos empezó desde Barstow hasta Kingman a lo largo de la histórica Ruta 66 nos llevó a un fascinante recorrido de contrastes, presentándonos diversos paisajes y dejando grabadas memorias inolvidables en nuestra mente.
Mientras avanzábamos hacia el este, compartimos la carretera con los impresionantes trenes de carga que cruzaban y recorrían paralelamente la ruta, sirviendo como un recordatorio constante de la influencia de la industria ferroviaria en esta región.
En cada parada, nos tomamos un momento para inmortalizar nuestra travesía, deteniéndonos a menudo junto a las señales de la carretera y capturando con nuestras cámaras la esencia de este recorrido icónico.


A media mañana la carretera se convirtió en una sucesión de rectas larguísimas con el desierto a los lados, postes de teléfono y algún tren de mercancías a lo lejos. Paramos donde nos apeteció: junto a una bandera de Estados Unidos colgada de una pared, junto al escudo blanco de la Ruta 66 pintado en el asfalto, o simplemente para estirar las piernas y escuchar el silencio.


Comimos en Needles, ya en el extremo este de California, en un local con las paredes forradas de madera, carteles antiguos por todas partes y una carta a base de sándwiches y patatas: The Desert Inn. Uno de esos sitios que no salen en ninguna guía y que resumen mejor que nada el ambiente de la carretera.


Poco después cruzamos la frontera estatal y entramos en Arizona, con el cambio de hora incluido y un paisaje que se vuelve mucho más árido y montañoso a partir de ahí.

El tramo hasta Oatman es de los más bonitos y también de los más lentos de toda la ruta: una carretera estrecha y llena de curvas cerradas que sube y baja entre montañas peladas de roca volcánica. Se conduce despacio, pero merece la pena parar en cada mirador.


Nos aventuramos a explorar Oatman, un encantador rincón que parece haber sido detenido en el tiempo, capturando a la perfección el auténtico y nostálgico espíritu del oeste americano. Sus calles empedradas y edificaciones de madera despiertan imágenes vívidas de una época pasada, invitándonos a sumergirnos en la esencia misma del viejo oeste. Sin embargo, lo que verdaderamente hizo que nuestra visita fuera excepcional fue la compañía de los burros salvajes que recorren libremente las calles.



Finalmente, en Kingman, Arizona, culminamos nuestra aventura rodeados por la inconfundible atmósfera retro que define a la Ruta 66. Para culminar nuestra jornada de exploración, nos detuvimos en Mr. D’z Route 66 Diner en Kingman, donde nos deleitamos con deliciosos batidos y tortitas, un festín que añadió un toque culinario memorable a nuestra experiencia.


El Mr. D’z es imposible de pasar por alto: fachada rosa y turquesa, una camioneta Chevrolet de los años 50 aparcada en la puerta y mesas de picnic de colores. Dentro sirven los batidos en copa de metal, con la sobra aparte, y las tortitas ocupan el plato entero.

Descubriendo la inmensidad del Gran Cañón
Desde Kingman subimos hacia el norte por carreteras que atraviesan pueblos pequeños de una sola calle principal, con sus tiendas de souvenirs y sus gasolineras enormes. El paisaje va cambiando poco a poco: el desierto da paso a un bosque de pinos y, sin darte cuenta, ya estás a más de 2.000 metros de altura y hace frío.


El Gran Cañón, una maravilla natural tallada por millones de años de erosión, es un destino que deja sin aliento a los viajeros de todo el mundo. Sus imponentes acantilados y colores cambiantes a lo largo del día crean un espectáculo visual incomparable. Desde el amanecer, cuando los primeros rayos de sol pintan las paredes rocosas con tonos dorados, hasta el atardecer, cuando la luz suave transforma la vista en una paleta de colores mágica, cada momento en el Gran Cañón es un regalo para los sentidos.



Lo primero que sorprende es la escala: los miradores del borde sur se asoman a un vacío de más de 1.500 metros de profundidad y 16 kilómetros de ancho, y el río Colorado, el que ha excavado todo esto durante millones de años, se ve allá abajo como un hilo de agua diminuto. Los paneles del parque insisten en ello: cuesta creer que ese hilo sea el responsable de semejante grieta.


Hay autobuses que recorren la zona para facilitar el acceso a los miradores más impresionantes, donde se puede contemplar el inmenso cañón y sentirse pequeño ante la naturaleza. Mientras paseas por los senderos, es probable que te encuentres con las juguetonas ardillas del lugar, que añaden un toque de encanto y diversión al ambiente. En una de las zonas de descanso nos encontramos también con un wapití pastando tranquilamente junto al sendero, ajeno a los turistas que le hacían fotos.


Para movernos entre miradores usamos las lanzaderas gratuitas del parque, que recorren la Hermit Road (la ruta roja) parando en cada mirador; buena parte del año esa carretera está cerrada al tráfico particular, así que el autobús es la única forma de llegar. Lo mejor es bajarse en una parada, seguir a pie por el sendero del borde y coger el siguiente autobús más adelante.


En el borde crecen enebros y pinos retorcidos por el viento, agarrados a la roca en sitios imposibles, y el sendero pasa continuamente de un mirador con barandilla a un saliente abierto sin ninguna protección.

Nos quedamos hasta el atardecer, que es cuando el cañón se pone realmente interesante: las paredes cambian de color cada pocos minutos y las sombras van tapando las capas de roca de abajo arriba, hasta que todo el conjunto se apaga de golpe.

Nosotros nos levantamos antes del amanecer para contemplar los primeros rayos de luz iluminando el cañón. La recompensa fue un espectáculo de belleza incomparable.


A esa hora no hay casi nadie en los miradores y hace un frío considerable, pero compensa: el sol entra por el este y va encendiendo una a una las paredes del fondo hasta llegar al borde donde estás tú.

Al salir del parque por el este merece la pena desviarse hasta la Desert View Watchtower, una torre de piedra levantada en 1932 al estilo de las construcciones de los pueblos nativos, con las paredes interiores pintadas con murales hopi y una escalera de caracol que sube hasta un mirador con vistas al cañón y al desierto pintado.
Un dato curioso: el Gran Cañón es uno de los pocos lugares en el mundo donde se pueden observar rocas que tienen más de dos mil millones de años de antigüedad, un testimonio de la historia geológica de nuestro planeta.
Monument Valley y la carretera infinita de Forest Gump
Situado en la frontera sur de Utah con Arizona, Monument Valley nos recibió con su panorama de monolitos rocosos que evoca un mundo de ensueño. Sus imponentes acantilados y cambiantes paletas de color pintan una imagen digna de una postal. Uno de los sitios más emblemáticos es la carretera infinita que Forrest Gump recorrió en su famosa escena. Presenciamos el atardecer inolvidable desde el punto más alto de esta carretera, con el sol tiñendo el cielo y ocultándose detrás de los monolitos, quedará grabado en nuestra memoria.


La carretera que aparece en Forrest Gump es la US-163, unos kilómetros al norte del valle ya en Utah. Es una recta perfecta que baja y sube con los monolitos recortados al fondo, y se ha convertido en una parada tan famosa que hay gente esperando turno en la cuneta para hacerse la foto en mitad del asfalto.


Nos alojamos en el The View Hotel con vistas panorámicas directas al valle. El ambiente rústico y acogedor del hotel se fundía con el entorno, sumergiéndonos en la belleza natural de Monument Valley. Contemplar el amanecer desde la terraza de la habitación fue una auténtica experiencia.

Después de desayunar, recorrimos los caminos de tierra de Monument Valley con el coche y nos deteníamos en los sitios más emblemáticos para hacer fotos del paisaje.



El recorrido de tierra son unos 27 kilómetros y se hace tranquilamente en un par de horas parando en los miradores. No hace falta un todoterreno, pero sí paciencia: el firme está lleno de baches y de arena suelta, y se va a paso de peatón casi todo el rato.


Explorando Antelope Canyon y HorseShoe Bend
Antelope Canyon es un mundo de maravillas ocultas en desierto de Arizona. Guiados por un local de la tribu de los navajos, quedamos asombrados por las formaciones rocosas únicas que la naturaleza había esculpido en la piedra arenisca. A medida que avanzábamos, las luces y sombras creaban una atmósfera mágica, realzando la belleza de este cañón escondido.




El cañón está dentro de territorio navajo y solo se puede entrar con un guía de la tribu, en grupos y con hora asignada. Ellos conocen el sitio de memoria: saben en qué punto y a qué hora entra cada haz de luz, dónde apoyar el móvil y qué ajustes poner para que las fotos salgan bien. El paso es estrecho, se camina en fila y en algunos tramos hay que agacharse.


Al salir comimos en Big John’s Texas BBQ, en Page: barbacoa texana servida en bandeja de cartón, con la carne ahumada durante horas y ensalada de col para acompañar. Comida de camionero, y de la buena.


Emocionados tras nuestra experiencia en Antelope Canyon, nos encaminamos hacia Horseshoe Bend, una maravilla geológica próxima al río Colorado. La asombrosa curvatura del río en forma de herradura y los majestuosos acantilados forjan una vista panorámica digna de ser inmortalizada en nuestros recuerdos.
Desde el aparcamiento hasta el mirador hay algo más de un kilómetro de camino de arena, sin una sola sombra y en cuesta a la vuelta. El sitio no tiene barandillas: el acantilado cae en vertical más de 300 metros hasta el río, así que hay que asomarse con cabeza.


La curva es tan grande que no cabe entera en el móvil: hay que tumbarse en el borde y aun así se queda corta. El agua del Colorado se ve de un verde oscuro precioso desde arriba, con alguna barca cruzando de vez en cuando para dar la escala real del sitio.


Se puede rodear el mirador por varios salientes distintos para verlo desde diferentes ángulos, y a última hora de la tarde la luz entra de lado y marca todavía más las capas de roca.

De camino hacia la siguiente parada, recorrimos las típicas carreteras norteamericanas con rectas infinitas. Como anécdota, llegamos a pasar por los estados de, Arizona, Utah y Nevada en una sola travesía!
El deslumbrante mundo de Las Vegas
Salimos de Page con un desayuno americano de los que quitan el hambre hasta la noche (huevos, bacon y tortitas) y pusimos rumbo a Nevada. Son unas cinco horas de carretera entre desierto y roca roja hasta que, de repente, aparecen los rascacielos de Las Vegas en mitad de la nada.


Al llegar a Las Vegas, Nevada, nuestra primera misión fue hacernos unas fotos junto al icónico cartel de bienvenida “Welcome to Fabulous Las Vegas“.


El cartel está en una mediana en mitad del Strip sur, con su propio aparcamiento y una cola perfectamente organizada: hay hasta voluntarios que te hacen la foto con tu móvil para que la fila avance. Desde ahí ya se ven las pirámides, las esfinges y los leones dorados de los hoteles temáticos.

Nos adentramos en el lujoso hotel The Venetian, donde nos sentimos transportados a las calles de Venecia con sus canales y góndolas. La atención a los detalles y la opulencia del lugar nos dejaron sin palabras. Paseando por el Strip también nos cruzamos con la pirámide del Luxor, los torreones del Excalibur y el perfil de rascacielos en miniatura del New York-New York.


Otro de los hoteles que hay que ver por dentro es el Caesars Palace, con sus estatuas romanas, sus fuentes y el centro comercial The Forum Shops, donde el techo está pintado como un cielo que va cambiando de la mañana a la noche para que pierdas la noción del tiempo. Es exactamente el mismo truco que usan los casinos, y funciona.


Subimos a lo alto de la Torre Eiffel en el Paris Las Vegas Hotel para contemplar su vista panorámica. Desde allí, el resplandor de las luces y la arquitectura única de la ciudad nos dejaron boquiabiertos. También presenciamos el famoso espectáculo de las fuentes del Bellagio desde las alturas, una danza sincronizada de agua y música que nos dejó maravillados. Dentro del propio hotel no nos perdimos el Bellagio Conservatory & Botanical Garden, el jardín botánico bajo su característica cúpula de cristal: el Bellagio cambia esta decoración unas 5 veces al año según la temporada (Año Nuevo Chino, primavera, verano, otoño y Navidad), y a nosotros nos tocó la ambientación de primavera, con esculturas de grullas, un pabellón oriental en miniatura y cerezos en flor.


Las fuentes del Bellagio funcionan cada media hora por la tarde y cada quince minutos por la noche, con una canción distinta en cada pase. De día se ve mejor la coreografía del agua; de noche, con los chorros iluminados y la fachada del hotel de fondo, el espectáculo es otro.


La réplica de la Torre Eiffel del Paris Las Vegas mide la mitad que la original y tiene el mirador a unos 140 metros. Es el mejor sitio para entender la ciudad de un vistazo: el Strip recto hacia el norte, el desierto cortando la ciudad de golpe por los cuatro lados y las fuentes justo debajo.


Para comer, en Las Vegas se acaba cayendo en el buffet. Nosotros fuimos al Wicked Spoon, en el hotel Cosmopolitan: en vez de bandejas gigantes, sirven casi todo en raciones individuales, y la barra de postres es un peligro. Se paga una cantidad fija a la entrada y ya está.


Sumergirnos en la experiencia de los casinos en Las Vegas era una parada obligatoria. Aunque no nos consideramos jugadores habituales, fue emocionante participar en algunos juegos y sentir el pulso de los juegos de azar. Pero tal vez una de las experiencias más inusuales y emocionantes fue disparar una pistola Glock y un fusil AK-47 en Battlefield Vegas, una galería de tiro de temática militar donde también nos subimos a un Humvee y nos fotografiamos junto a un tanque. Nos recordó la variedad de actividades que Las Vegas tiene para ofrecer, desde lo tradicional hasta lo más inesperado.


En Battlefield Vegas eliges las armas de una carta como si fuera un menú, te dan protecciones y un instructor se queda pegado a ti durante toda la tanda. Al terminar te llevas la diana de papel con tus impactos, y en el patio tienen aparcados un Humvee, un tanque y hasta un helicóptero para hacerse fotos.



Una noche paramos a tomar postre en el mítico Peppermill Fireside Lounge, con sus tortitas de chocolate gigantes. También nos acercamos al Downtown de Las Vegas, con el ambiente retro de Fremont Street y su famosa techumbre de luces (Viva Vision), rodeados de clásicos como el casino Four Queens.


El Peppermill lleva abierto desde 1972 y no ha cambiado nada: moqueta, neones de colores, plantas artificiales y una chimenea de fuego real en mitad de una piscina de agua. Las raciones son descomunales; unas tortitas con helado dan de sobra para dos.

Del Strip nos llamó la atención lo que no sale en las postales: la noria High Roller girando despacio al fondo del LINQ, los rascacielos dorados detrás de los hoteles temáticos y la Bonanza Gift Shop, que se anuncia como la tienda de souvenirs más grande del mundo y de la que es imposible salir sin alguna horterada. Nosotros nos alojamos en el Casino Royale, uno de los hoteles pequeños que resisten entre los grandes complejos.




Las Vegas, sin duda, merece su reputación como un lugar impresionante con una diversión que nunca termina.
Parque Nacional de las Secuoyas y subida al Moro Rock
De camino paramos también en un diner retro de carretera, con un llamativo arco de neón de los años 50. El Parque Nacional de las Secuoyas (Sequoia National Park), situado en California, es un tesoro natural que deja a los visitantes maravillados ante la inmensidad y la belleza de la madre naturaleza. Hogar de las secoyas gigantes, árboles que desafían la noción de lo que es posible en el reino vegetal, este parque es un destino imprescindible para quienes buscan conectar con la grandeza de la Tierra. Entre las experiencias más emocionantes se encuentra la subida al Moro Rock, una aventura que nos lleva a alturas vertiginosas y nos recompensa con vistas panorámicas espectaculares, incluso en medio de un entorno nevado.
El diner es el Peggy Sue’s 50’s Diner, en mitad del desierto de Mojave a la altura de Barstow: fachada de colores pastel, gramola, fotos de estrellas del cine por las paredes y una vitrina de tartas junto a la barra. Comimos allí antes de seguir hacia el norte.


Hasta la carta está ambientada: batidos, hamburguesas y desayunos servidos a cualquier hora, con los nombres sacados de canciones de los cincuenta.

De ahí a las secuoyas el paisaje da un vuelco completo: el desierto se acaba, aparecen colinas verdes con vacas pastando y ríos de deshielo bajando entre las rocas. Dormimos a las puertas del parque para poder entrar a primera hora.


Al adentrarnos en el Parque Nacional de las Secuoyas, nos encontramos en un mundo que parece sacado de un cuento de hadas. Las secoyas gigantes, algunas con miles de años de antigüedad, se alzan como guardianas de la naturaleza.
Nada más entrar se pasa por debajo de Tunnel Rock, una roca enorme encajada sobre la carretera vieja, y a partir de ahí se sube en curvas cerradas más de 1.500 metros. Nosotros fuimos a principios de abril y arriba seguía habiendo nieve: los quitanieves habían dejado paredes de casi dos metros a los lados del asfalto.


Con nieve el parque es más bonito, pero también más lento: muchos senderos estaban cortados, y para llegar a los árboles grandes había que caminar por pistas heladas con mucho cuidado.

Avanzando por los senderos, nos encontramos con El General Sherman, uno de los árboles más famosos y considerado el ser vivo más grande del planeta. Estar en presencia de algo que ha sido testigo de siglos y milenios nos hizo sobrecogernos y reflexionar sobre la inmensidad de la naturaleza.




También visitamos otra secuoya gigante, El General Grant, declarada santuario nacional en memoria de los caídos en la guerra, y nos adentramos caminando en el hueco de un enorme tronco de secuoya caída, ahuecado por el fuego a lo largo de los siglos.


El Moro Rock, una enorme formación de granito, ofrece una de las experiencias más emocionantes del parque. La subida al Moro Rock es una caminata empinada que culmina en una plataforma de observación en la cima. Durante nuestra visita, encontramos el camino cubierto de nieve, lo que añadió un toque de emoción adicional a la aventura. Cada paso era una prueba de destreza y paciencia, pero cada esfuerzo fue recompensado con vistas que quitaban el aliento. Desde lo alto, se desplegaba una vista panorámica que abarcaba desde las cimas de las montañas hasta los valles y las secoyas que se alzaban como gigantes entre la nieve.


Son unos 350 escalones tallados en la propia roca, con barandilla de hierro y el vacío justo al lado. Arriba se ve toda la Sierra Nevada californiana nevada de un extremo a otro, y los carteles avisan de que este es uno de los mejores cielos nocturnos que quedan en California.


Al bajar del parque cenamos en el Red Lobster de Fresno, una cadena de marisco que en España no existe y en la que se come sorprendentemente bien: una pizza de marisco y un lobster roll, el bocadillo de langosta con mayonesa que allí se toma como algo normal.


Esa noche dormimos en un motel de Fresno, ya fuera de la montaña, de los de habitaciones con la puerta dando al aparcamiento. Es la parada lógica al bajar de los parques: la sierra queda a la espalda y desde allí ya solo hay carretera hasta Los Ángeles.

A la mañana siguiente paramos en un centro comercial a las afueras de Fresno antes de coger la carretera hacia el sur. Allí, aparcado en la puerta y como si nada, un coche patrulla de la policía de Fresno: de esos que llevas viendo toda la vida en las películas y que de repente tienes delante.

California: Hollywood, Venice Beach y Universal Studios
California es un destino que emana diversidad y encanto en cada rincón, y en nuestro viaje tuvimos el privilegio de sumergirnos en algunos de sus lugares más emblemáticos. Desde los destellos de fama en Hollywood hasta la relajada belleza de Santa Mónica y Venice Beach, y el esplendor de Universal Studios.
Entrar en Los Ángeles en coche es un espectáculo en sí mismo: seis carriles por sentido, carteles verdes anunciando salidas cada pocos metros y palmeras altísimas alineadas a los lados de la autopista. Aquí el atasco es parte del paisaje.


Comimos en uno de esos restaurantes americanos enormes de techos altos y lámparas colgantes, con la carta llena de perritos y sándwiches, antes de subir a Hollywood.

Caminando por el Paseo de la Fama y el Teatro Chino TCL pudimos sentir la magia del cine. El icónico letrero de Hollywood se alzaba en lo alto de las colinas, mirando atentamente sobre la ciudad. Explorar los alrededores del Teatro Dolby, donde los Óscars se entregan cada año, y pasear por el Hollywood Boulevard nos hizo sentir como parte de la historia cinematográfica.




El Paseo de la Fama son más de 2.700 estrellas repartidas por quince manzanas de Hollywood Boulevard y Vine Street, y encontrar la de alguien concreto sin haberla buscado antes en el mapa es casi imposible. De noche la avenida cambia por completo: se llenan las terrazas, se encienden los neones de los teatros y aparecen los imitadores disfrazados de superhéroes.


El famoso muelle de Santa Mónica nos invitó a disfrutar de vistas panorámicas al océano Pacífico. Paseamos por el animado Paseo de Santa Mónica, con su mezcla de tiendas y restaurantes, y nos encantó la visita al pier y a su pequeño parque de atracciones. En el propio muelle nos hicimos una foto junto al cartel de “Route 66 – End of the Trail“, el final oficial de la histórica Ruta 66 que habíamos empezado a recorrer días atrás. Y en el Bubba Gump Shrimp Co. de Santa Mónica, con sus mesas con los famosos letreros giratorios de “Run Forrest Run” y “Stop Forrest Stop”, celebramos un cumpleaños muy especial. Luego, nos adentramos en el ambiente bohemio de Venice Beach, donde los canales serpenteantes nos recordaron la inspiración veneciana que dio nombre al lugar. La energía artística y la mezcla de culturas se palpaban en cada esquina, mientras los patinadores y los músicos callejeros daban vida a este escenario costero.




Los canales de Venice están a un par de calles del paseo marítimo y son otro mundo: agua quieta, puentecitos blancos de madera, patos y casas de diseño con el jardín dando al canal. Se recorren enteros en poco más de media hora y no hay ni rastro del bullicio de la playa.



El paseo de Venice Beach es justo lo contrario: tenderetes de camisetas, tatuadores, murales pintados, patinadores y música en directo cada veinte metros.


La playa de Venice y la de Santa Mónica son en realidad la misma franja de arena: kilómetros de arena clarísima con las torres de socorrista azules plantadas cada pocos metros, exactamente iguales a las de las series que veíamos de pequeños.


Detrás del paseo, las calles se llenan de palmeras altísimas y de casas bajas con porche, y todo el barrio tiene un aire tranquilo que no se espera de una playa tan famosa.

Volvimos al muelle de Santa Mónica para ver la puesta de sol, que es el momento en el que aquello se llena de gente: el sol cae justo enfrente, sobre el Pacífico, y detrás se encienden a la vez la noria y las luces del pequeño parque de atracciones.



En el muelle hay casetas de tiro, máquinas de dos dólares y puestos de comida abiertos hasta tarde; nosotros acabamos el día con una porción de tarta del tamaño de un ladrillo.


Al día siguiente tocaba parque de atracciones, así que madrugamos otra vez.

Un día repleto de emociones nos aguardaba en Universal Studios, donde los sets de película se volvieron reales ante nuestros ojos. Desde las emocionantes atracciones temáticas hasta los tours detrás de escena, experimentamos cómo cobraban vida algunas de nuestras películas y series favoritas, desde la taberna de Moe’s y el Kwik-E-Mart en la recreación de Springfield de Los Simpson hasta el punto culminante: el mundo de Harry Potter, donde nos sumergimos en la magia de Hogwarts para sentirnos como auténticos magos!



Universal no es solo atracciones: el Studio Tour recorre en trenecito los platós reales donde se sigue rodando, con decorados de calles de Nueva York, aviones estrellados y coches de película aparcados por todas partes. Y en la zona de Springfield están el bar de Moe, el Kwik-E-Mart y el Krusty Burger, donde sirven la hamburguesa envuelta en papel de Krusty el payaso.



Las otras dos zonas que más nos gustaron fueron la de The Walking Dead, un recorrido a pie por decorados a oscuras con actores caracterizados de caminantes, y la de Jurassic World, con su atracción de agua y sus murales de dinosaurios a tamaño real.


Con el pase de un día da tiempo a verlo todo si se empieza por lo de arriba y se va bajando, que es como está organizado el parque.

Al salir del parque subimos al Observatorio Griffith, en lo alto del monte Hollywood. Es gratis, tiene telescopios abiertos al público y una terraza desde la que se ve de un lado el letrero de Hollywood y del otro toda la cuadrícula de Los Ángeles encendiéndose a la vez cuando cae la noche. Fue nuestro mejor atardecer de la ciudad.



El último día lo dedicamos a Beverly Hills, empezando por un desayuno de tortitas en una cafetería del barrio.

Visitamos Beverly Hills, donde la elegancia y el lujo se mezclaban con la belleza de las calles arboladas y las mansiones imponentes. Pasear por Rodeo Drive fue una experiencia digna de una película, con sus boutiques de alta gama y su ambiente exclusivo. Mientras explorábamos, no pudimos evitar sentir que estábamos caminando por las calles de las estrellas de Hollywood.


En Rodeo Drive hasta los escaparates están montados como un plató: maletas apiladas, flores de plástico gigantes y photocalls con el nombre de la calle para que los turistas se hagan la foto.

Terminamos el viaje como se termina bien cualquier cosa: con un cupcake de la Magnolia Bakery de Beverly Hills. Al día siguiente tocaba devolver el coche en el aeropuerto y volver a casa con miles de kilómetros de carretera a la espalda.


Conclusión
Visitar la Costa Oeste de Estados Unidos de América fue una experiencia única repleta de contrastes con el nexo común de la cultura norteamericana. Este viaje nos permitió explorar la diversidad y la grandeza de este inmenso país, dejándonos recuerdos y perspectivas inolvidables.
Sin duda es un viaje de contrastes muy completo y recomendado para apasionados de las grandes travesías por carreteras y de paisajes increíbles por la costa oeste de Estados Unidos.
Presupuesto viaje a la Costa Oeste
Los Ángeles ▸ Madrid ▸ Málaga
1x fusil AK-47
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