Este fue nuestro segundo viaje a Tailandia, esta vez con ganas de ir más allá de Bangkok. El plan fue un recorrido largo de norte a sur: templos imposibles en Chiang Rai, un santuario de elefantes en las montañas de Chiang Mai, los acantilados imposibles de Railay y unos días de playa en Koh Lipe antes de cerrar el círculo de vuelta en Bangkok. Casi tres semanas que se nos hicieron cortas.
Hicimos este viaje a Tailandia entre noviembre y diciembre de 2019.
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Preguntas frecuentes antes de viajar a Tailandia
Antes de comenzar con nuestro itinerario, hemos creado una serie de respuestas a las típicas preguntas que os estaréis planteando para organizar vuestro viaje a Tailandia:
¿Necesito visado?
Como turistas españoles, para estancias cortas no se necesita visado, basta con el pasaporte con validez suficiente. Conviene comprobarlo siempre antes de viajar, ya que las condiciones pueden cambiar.
¿Contratamos un seguro de viaje?
Nosotros siempre recomendamos viajar fuera de España con un seguro de viaje que incluya una buena cobertura médica, sobre todo si vais a montar en moto o hacer actividades de aventura como nosotros.
¿Necesito vacunas?
No hay ninguna obligatoria para entrar al país, pero es recomendable consultar con un centro de vacunación internacional antes de salir, especialmente si el itinerario incluye zonas rurales o de montaña. Nosotros nos pusimos alguna antes de este viaje, precisamente porque el norte del país nos iba a llevar a zonas más rurales que en nuestro primer viaje.
¿Qué moneda se usa?
El baht tailandés (THB). Se puede sacar efectivo de cajeros por todo el país, aunque cada extracción suele llevar una comisión fija del banco local.
¿Se puede alquilar una moto?
Sí, es muy habitual y una de las mejores formas de moverse en las zonas del norte, como hicimos nosotros en Chiang Mai. Hay que llevar casco siempre y comprobar bien el estado del vehículo antes de firmar el alquiler.
¿Qué ropa hay que llevar?
Ropa ligera y transpirable para el calor y la humedad, un chubasquero ligero por si acaso, y algo de abrigo para las noches en zonas de montaña como Chiang Rai o Chiang Mai, donde refresca bastante más que en la costa.
¿Cómo nos movemos entre ciudades?
Combinamos vuelos internos, furgonetas compartidas y ferris para las islas. Para trayectos largos dentro del país, el avión suele compensar por el tiempo que ahorra.
Curiosidades
- Tailandia es el único país del Sudeste Asiático que nunca fue colonizado por una potencia europea, algo de lo que los tailandeses se sienten especialmente orgullosos.
- El nombre “Tailandia” significa literalmente “tierra de los libres”.
- Es de mala educación tocar la cabeza de alguien o señalar con los pies, considerados la parte más “baja” y menos respetuosa del cuerpo en la cultura tailandesa.
- El rey y la familia real gozan de un respeto casi sagrado: criticarlos públicamente es delito (lèse-majesté) y puede acarrear penas de cárcel, incluso para extranjeros.
Itinerario de nuestro segundo viaje a Tailandia
Chiang Rai: el Templo Blanco y el Templo Azul
Empezamos el viaje directamente en el norte: llegamos a Chiang Rai de noche, con el tiempo justo de dejar las mochilas, callejear un rato entre los puestos y cenar lo primero que nos entró por los ojos, que en Tailandia casi nunca falla.


Veníamos a ver dos de los templos más espectaculares que hemos visto nunca. El primero fue el Wat Rong Khun, el Templo Blanco, que no es un templo antiguo: lo empezó a construir el artista Chalermchai Kositpipat en 1997 y sigue sin terminarse. Todo el recinto es de estuco blanco con trocitos de espejo incrustados, así que a mediodía deslumbra de verdad.




Se entra por un puente que cruza un mar de manos que salen del suelo, una representación del deseo y del infierno por la que hay que pasar antes de llegar al templo. Alrededor, estanques, pasarelas y figuras blancas por todas partes. Lo malo es que a media mañana ya se llena: si podéis, id a primera hora.



Después paramos a comer en el Chivit Thamma Da Coffee House, una casa colonial blanca con el jardín pegado al río Kok. El batido de mango que pedimos allí fue de lo más rico y refrescante de todo el viaje, y el sitio invita a quedarse un buen rato a la sombra viendo pasar el agua.



Por la tarde nos acercamos al Wat Rong Suea Ten, el Templo Azul, que nos sorprendió por el contraste con el anterior: todo el complejo en añil y dorado, con nagas —las serpientes míticas— custodiando la entrada y figuras guardianas a cada lado de la escalera. Dentro, el añil se come las paredes y el techo, y en el centro preside un gran Buda blanco iluminado que parece flotar. Es más pequeño y más tranquilo que el Templo Blanco, se visita en media hora y, además, la entrada es totalmente gratuita.




Ya de noche, cerramos el día en la torre del reloj de Chiang Rai, obra del mismo artista del Templo Blanco. Cada hora, entre las siete y las nueve, se apagan las luces de la plaza y la torre se enciende en una secuencia de colores con música: dura unos minutos y merece la pena cuadrarlo.



Al día siguiente lo dedicamos a callejear sin plan: cafeterías con la bicicleta y las flores en la puerta, templos pequeños sin colas ni entrada, y el paseo junto al río al final de la tarde. En Chiang Rai se va a otro ritmo que en Chiang Mai, y eso es justo lo que nos gustó.




De postre, un roti recién hecho en el mercado nocturno: una especie de crep frito con plátano y chocolate que cuesta poco más de un euro y que se convirtió en costumbre casi todas las noches del viaje.

Chiang Mai: templos, elefantes y motos de alquiler
En Chiang Mai empezamos por la ciudad vieja, el cuadrado amurallado y rodeado de foso donde se concentran la mayoría de los templos. Se recorre andando y, sin buscarlos, vas pasando por delante de fachadas doradas, chedis de ladrillo y patios en los que no hay nadie más que tú.




Uno de los que más nos gustó fue el Wat Chiang Man, el más antiguo de la ciudad, del siglo XIII: su chedi se apoya sobre una fila de elefantes de piedra que salen del muro y, justo al lado, una pequeña sala de madera y oro se levanta sobre un estanque al que se llega cruzando un puente.

Para el resto de días alquilamos un scooter, que es la forma más cómoda y barata de moverse por aquí: unos 200 baht al día. Hay que tener la cabeza en el tráfico y en la maraña de cables que cuelga sobre cada cruce, pero una vez le pillas el punto, la ciudad se hace pequeña. Y con el calor que hace, un zumo de sandía por el camino es casi obligatorio.



El templo más importante del centro es el Wat Phra Singh, con su gran chedi dorado, su sala de madera oscura y el altar lleno de budas. En el patio hay braseros con varillas de incienso y ofrendas de flores, y a la entrada dos nagas enormes custodiando la escalinata.





A pocas calles está el Wat Chedi Luang, el que más nos impresionó de la ciudad: lo que queda de un chedi del siglo XIV que llegó a medir 80 metros y que se vino abajo en parte con un terremoto. Alrededor cuelgan farolillos y banderolas de colores que se mueven con el aire, y las escaleras están flanqueadas por nagas y elefantes. Al lado, en el viharn, preside un Buda dorado de pie entre columnas de oro y techo rojo.



Por la noche tocaba khao soi, el plato típico del norte: un curry de coco con fideos de huevo, fideos fritos por encima, lima y cebolla encurtida. Cuesta unos dos euros en cualquier puesto y es de las cosas que más echamos de menos al volver. Luego, vuelta al hotel bordeando la muralla iluminada.


El día con más carga emocional del viaje fue la excursión al Elephant Nature Park, en concreto al Karen Elephant Retreat, a una hora larga de la ciudad. Nada más llegar nos dieron un cesto con caña de azúcar y plátanos y nos presentaron a los elefantes, que se acercan solos a la valla a buscar la comida.




Después los acompañamos monte arriba mientras comían. Aquí no se monta a los elefantes, no llevan sillas ni hacen trucos: se camina a su lado, se les da de comer y poco más. Ver de cerca el tamaño de una pata o de una trompa hace entender rápido por qué montarlos no debería ser un plan de viaje.



Al mediodía bajamos todos al río para el baño: ellos se tumban en el agua y uno les va echando cubos por encima mientras se revuelcan en el barro. Acabamos empapados y llenos de tierra, y fue la mejor mañana del viaje con diferencia.




Las noches las pasábamos en el Night Bazaar y en los mercados de fin de semana, donde se cena por tres o cuatro euros entre puestos de brochetas, pad thai y zumos, con farolillos colgando de punta a punta de la calle.



Otro día subimos la montaña por la carretera que sale hacia el Doi Suthep y paramos en el Wat Pha Lat, un templo escondido en plena selva al que casi nadie va. Es el sitio del viaje que más nos sorprendió: esculturas cubiertas de musgo entre los árboles, escaleras tragadas por la vegetación y silencio absoluto.




Un arroyo cruza el recinto y se puede seguir el sendero que baja hacia la ciudad, el llamado Monk’s Trail, marcado con telas naranjas en los árboles. Si os gusta la fotografía, aquí os vais a quedar más tiempo del previsto.



Siguiendo la misma carretera se llega al Wat Phra That Doi Suthep, el templo más famoso de Chiang Mai, a 1.000 metros de altura. Se sube por una escalinata de 306 escalones flanqueada por una naga gigantesca, y arriba esperan el chedi dorado, las campanas y una terraza con toda la ciudad a los pies.




De vuelta al centro paramos en el Wat Sri Suphan, el Templo de Plata: un templo entero recubierto de paneles de aluminio y plata repujada, con escenas trabajadas a mano en cada pared. Un aviso: al recinto principal solo pueden entrar hombres, es una norma del propio templo.



Ao Nang y Railay: acantilados imposibles sobre el mar
Volamos al sur, a Krabi, y nos instalamos tres noches en Ao Nang, nuestro primer destino de playa de la ruta. El cambio es brutal: de los templos del norte a una bahía llena de long tail boats y de paredes de piedra caliza que salen directamente del agua.




La primera tarde hicimos el Monkey Trail, un sendero con escaleras de madera que cruza la selva pegado a la costa y une Ao Nang con la playa de Nopparat Thara. Se tarda unos veinte minutos, hay monos por el camino y termina en una playa pequeña, mucho más tranquila que la principal.




Esa puesta de sol fue de las que se recuerdan: el cielo cambiando de color sobre el mar, las siluetas de las rocas recortadas y la playa prácticamente para nosotros. Nos quedamos dentro del agua hasta que no quedó luz y cenamos luego una de las cosas que más nos gustan de Tailandia: arroz frito servido dentro de una piña, por unos cuatro euros, en cualquiera de los restaurantes de la calle principal.





Al día siguiente cruzamos en barca hasta Railay, la península rodeada de acantilados verticales a la que solo se puede llegar por agua. Las barcas salen de la propia playa de Ao Nang cuando se llenan (unos 100 baht por trayecto) y tardan quince minutos en dejarte en la arena.




De sus playas, la que más nos gustó fue Phra Nang, con su cueva llena de ofrendas de los pescadores locales y la roca de Happy Island justo enfrente. Por los caminos entre playas hay monos por todas partes: cuidado con las bolsas y la comida, que son rapidísimos.




Volvimos a Ao Nang a tiempo para otro atardecer en la playa, que allí es el plan de todas las tardes: la gente se sienta en la arena, las barcas quedan en silueta contra el sol y el cielo se pone naranja entero en cuestión de minutos.





El último día antes de volar a Koh Lipe hicimos la excursión de las 4 islas, nosotros dos solos en una barca de cola larga: Koh Poda, Chicken Island, Koh Tup y Koh Mor. Salimos temprano para evitar los grupos grandes, y la diferencia se nota.




Con la marea baja aparecen lenguas de arena que unen unos islotes con otros, como la de Koh Tup, que se cruza andando con el agua por los tobillos. Donde mejor lo pasamos fue en Koh Poda, de arena finísima y agua transparente: allí hicimos el mejor snorkel de toda la excursión, con peces de colores a dos metros de la orilla.


La tarde la rematamos en la piscina del hotel y con otro atardecer desde la playa, antes de cenar pescado a la brasa en uno de los puestos del paseo. Se elige la pieza en el mostrador de hielo, la pesan y te la sacan a la mesa entera, por lo que cuesta un menú del día en España.




Koh Lipe: el paraíso de arena blanca
Cerramos la parte de playa en Koh Lipe, una isla pequeña y remota del extremo sur, casi en la frontera con Malasia, a la que solo se llega en barco y que forma parte del parque nacional de Tarutao. Nos alojamos junto a Sunrise Beach, más tranquila, y pasábamos el día en Pattaya Beach: arena blanca finísima, agua turquesa y peces de colores nada más meterse.






Por las noches, la isla se concentra en la Walking Street, una calle peatonal de un extremo a otro llena de restaurantes, masajes y puestos. Se cena con los pies en la arena y, cuando se hace de noche, los chiringuitos de la playa montan espectáculos de fuego con música. Y como apenas hay alumbrado, basta con alejarse unos metros de los bares para ver el cielo entero lleno de estrellas, algo que en Europa cuesta bastante más encontrar.





El resto de días fue justo lo que buscábamos: hamaca colgada entre dos palmeras, baño, siesta y vuelta a empezar. La isla se cruza andando de punta a punta en veinte minutos por caminos de tierra entre la selva, así que no hace falta alquilar nada.



Dejamos para el final el agua de Sunset Beach y de North Point, las dos playas pequeñas del norte, perfectas para hacer snorkel y donde con la marea baja aparece una lengua de arena en mitad del mar.


Vuelta a Bangkok
Cerramos el viaje de nuevo en Bangkok, esta vez con dos días completos y más calma. Coincidiendo con el fin de semana, nos acercamos al mercado de Chatuchak, el más grande de la ciudad y solo abierto sábados y domingos: más de 15.000 puestos en un laberinto de pasillos donde se encuentra prácticamente cualquier cosa. De allí salimos en tuk-tuk, que hay que regatear antes de subir.


El tuk-tuk nos dejó en el río y allí cogimos uno de los barcos públicos que recorren el Chao Phraya. Es la mejor forma de moverse por esta parte de la ciudad: cuesta unos pocos baht, te saltas el atasco y se ve Bangkok desde el agua, con los rascacielos por un lado, el puente Rama VIII al fondo y los templos asomando por la otra orilla.




Bajamos en el Wat Arun, el Templo del Alba, que debe su aspecto a los millones de trozos de porcelana china con los que está decorado de arriba abajo, muchos procedentes del lastre de los barcos que llegaban al puerto. De cerca se ven las figuras que sostienen cada nivel y los mosaicos de flores que cubren el prang central entero.





Se puede subir por unas escaleras muy empinadas hasta las terrazas intermedias, desde donde se ve el río y el Gran Palacio en la otra orilla. Con el sol de media tarde, la porcelana brilla y cambia de color.

Volvimos en barco con el sol ya bajo y nos dimos el capricho del viaje: un hotel con piscina en la azotea. Estar en el agua a esa altura, con el atardecer sobre los rascacielos y un cóctel en la mano, es de esas cosas que en Bangkok salen muchísimo más baratas de lo que parecen.





Por la noche cenamos con la ciudad entera a los pies y acabamos paseando por la famosa Khao San Road, la calle mochilera de siempre, con su ambiente joven, sus puestos de insectos fritos y música saliendo de cada local.



El último día lo dedicamos al Wat Benchamabophit, el Templo de Mármol, construido a principios del siglo XX con mármol de Carrara traído desde Italia. Tiene uno de los patios más cuidados que vimos en todo el país y un canal que lo rodea, y es el templo que sale en los billetes de cinco baht.



Y nos despedimos como habíamos empezado, mirando Bangkok desde arriba: la ciudad encendiéndose poco a poco mientras se nos acababan las tres semanas.


Mapa de nuestra ruta
Aquí tenéis las paradas del viaje sobre el mapa, con un color para cada zona y la ruta en el orden en que la hicimos. Pulsad en el mapa para abrirlo y tocad cualquier punto para ver qué hicimos allí.
Ver el mapa interactivoAl pulsar se carga el mapa de Google Maps.
Conclusión
Este segundo viaje a Tailandia nos ha demostrado que el país da para mucho más que Bangkok y las islas de postal: los templos del norte, la experiencia con los elefantes y los acantilados de Railay nos han dejado tan buen sabor de boca como la propia playa. Si tenéis pensado un primer viaje más centrado en el sur, no descartéis reservar unos días para el norte en una próxima escapada, porque merece muchísimo la pena. Si todavía no habéis ido, os contamos cómo fue nuestro primer viaje a Tailandia para que os hagáis una idea de lo que os espera.
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